Elixires para el Alma

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Elige tu abstracción de Juan Carlos Achiary

 

Todo cuanto exponga será la expresión real
de anversos y reversos,
de tu yo y de tu todo y a la inversa.
Me has traído y atraído
y en la suma total me has abstraído,
por ello somos abstracción
lo cual me obliga a conjugar
con cuidado el verbo ir.
Pues ahora no puedo decir que voy a ti
si estoy ya en ti y tú en mi centro.
Mal diría que a ti voy si soy el compartir
esencial, contemporáneo, de todo tu sentir
cuando me recopilas en cada cuchillada
cuando faenas mis delirios.
Decide tú si soy uno de todos
o todos los que elijas:
fantasma, esfinge, duende,
espectro, efigie, engendro,
personaje de Esopo o Allan Poe.
Es tu decisión por ser
la que provee de suelo
a la abstracción.
¡Elige ya! suspira luego.

Autor: Juan Carlos Achiary

Pensamiento de los potros de Juan Carlos Achiary

Se erizaron las crines del potro al ser montado
y expresó rebeldía en corcoveo
-y alerta- el perito domador lo fue aflojando
a latigazos, clavar de espuelas y tirones de las riendas.
De a poco la furia fue cediendo por los dolores y el cansancio
y el complejo de saltos y relinches se hizo calma
con el paso controlado y gacha la cabeza
oyéndose la ovación de los paisanos
celebrando la actuación del domador experto
que sometió a su dominio al animal domado
y éste quedó pensando por qué siempre es el humano
el que somete y a él nadie, sea delincuente o muy honrado.

Autor: Juan Carlos Achiary

Envidia del sol de Juan Carlos Achiary

Mira el sol cuánto sufre por la envidia
si de sólo advertirte pierde brío
y todo el planeta queda frío
suponiendo que a ti te esculpió Fidias.
Mas no sientas jamás estar en lidia,
tu belleza es un símil de los ríos
con los cauces enormes no bravíos
marginales del odio y la perfidia.
Lo mejor es que sigas y no alteres
nada bueno en tu vida, bien tranquila,
si aunque mucho descuides la atención
no nació ni habrá algo que atempere
la muy fina y armoniosa distinción
que te exhibe primera en toda fila.

 

Autor: Juan Carlos Achiary

¡Nadie! de Juan Carlos Achiary

 

El arte no se atreve.

En el vasto salón lucías tú sola,
no estabas de pie, sentada ni acostada
eras poesía que volaba al recitarte
mis ojos, mis sueños, mi alma, mi boca.
Y decidí cortar la espera.
Hablé con cien compositores musicales
que interpretan sinfónicas orquestas,
visité a novelistas, poetas y cuentistas
y a artesanos, pintores y escultores.
A todos les pedí que compusieran
oberturas, poemas, estatuas y pinturas
en donde tú surgieras manifiesta
expresando tu poesía y tu figura.
Les llevé todas tus fotos
y al verte enmudecían
y sus cabezas meditando
se movían negativas.
Y todos confesaron no atreverse
a reflejar lo que tú eres,
porque -según todos dijeron-
en ti confluyen dignidad,
ternura y armonía,
definiéndote todos, ¡pero todos!
diciéndome: “esto es poesía”
y me dejaban mudo al preguntarme
“¿usted sabe cómo reflejar una poesía
armada con esencia y cuerpo de mujer,
sea en cuerdas de violines o en letras de cuentos,
en figuras de bronce, de mármol o de yeso?”.
Y quedé mudo al comprobar
que el arte contigo no se atreve.

Autor: Juan Carlos Achiary

¿Cómo describirla? de Juan Carlos Achiary

¡ Tú…!

Tú, que fuiste pintura decorándome los días
cuando miraba tus gestos de helénica troyana.
Tú, que en piel extensa de esporádicas propuestas
decías mitad verbo arrancando y me mirabas
para incitar mis pasos y ser tu compañía.
Tú, predicadora de principios esenciales
acusando imperdonables injusticias
y yo aportando mi escaso aprendizaje.
Tú, que mereces pedidos de perdones
por mis sueños errabundos
pues tus rayos llegan siempre
colmándome de auroras.
Tú…¿para qué seguir?
¡Gracias amor mío!

Autor: Juan Carlos Achiary

Te invito a que me invites de Juan Carlos Achiary

Tu sobriedad le impide reflejarse
a mi codicia en tus labios que no dejan
posar los míos que ansiosos los cortejan
para que en besos el amor pueda explayarse

Como el calor que buscamos en invierno
entendí tus miradas con deseo
de ser réplicas de Eurídice y Orfeo
pero ¡cómo pensarte en los infiernos!

Según presiento tu orgullo se retracta
admitiendo un armisticio con mis huestes
para que al fin el duro empeño se recueste
y aparezca tu voluntad menos intacta.

Por ello te invito a que me invites
a acceder por la que es esa gran puerta
de la entrada a la que es tu hermosa huerta
y hospedándome en tu boca ya me habites.

Autor: Juan Carlos Achiary

Garras de amor de Juan Carlos Achiary

Tus garras.

Es de todos mi pecho el más sangrante
por ser sin duda alguna el que más muere
sea que no lo hayas pensado
o lo hayas masticado mentalmente,
lo cierto es que no admitiste
que mi corazón en mí quedara
pues al saberte dueña actual, futura y excluyente,
en vez de procurar pausado logro
y ganarlo como se obtiene la flor regada día a día,
usaste tus garras del amor y lo arrancaste
y así he quedado sin palpar siquiera sus latidos.
Espero que algún día me lo prestes
para poder dialogar con él durante un rato
e indagarle si prefiere seguir en tus entrañas
o volver a mí aunque siga latiéndole a tu alma.
Aunque descuento que ello sería inútil
pues la respuesta se muestra a toda letra:
él dirá que no puede ni quiere hacer más cambios
porque en ti late tan fuerte como nunca lo había hecho.

Autor: Juan Carlos Achiary

Vasto tesoro en sus ojos de Juan Carlos Achiary

 

Me hacen trampa tus ojos

Ojos que cerrados me observan e inquieren
Ojos que despiertos se muestran dormidos
Ojos que de espaldas me miran de frente
Ojos que sin verme saben si los miro.
Ojos que al mirar juegan a la ausencia
por estar en la izquierda si miro a derecha
y con esas burlas todo me pertrechan
dotando alegría a mi umbral de vivencias.
Ojos que solazan a mis pensamientos
y son porción clave en mi vasto tesoro
pues con tan natural y muy fino ornamento
suenan a armonía de clásicos coros.

Autor: Juan Carlos Achiary

Sus páginas armónicas de Juan Carlos Achiary

Por ti responden

Esa región en que el espíritu se esconde
donde viven enfrascadas en poesía
las páginas que extienden tu armonía
hoy por ti finalmente me responden.
Atacadas de indolencia que creía
ya incurable, de pronto pensaron un convite
y hoy me exigen poemas que te inviten
a entonarlos en las dulces travesías.
Auroras que idealizo sobre mares
y noches en que hablan los sonetos
redondean lo que es nuestro secreto
que vive allá y aquí, en los dos lares.
Cuidemos que algún filo no haga brechas
a la pródiga creación del elemento
que nos une y continuar el crecimiento
de unidad sin clausuras de cosechas.
No dejes que te engañen los reflejos
de luz joven que te apunten las estelas
buscando decorarse en rubias telas
para mirarse en ti como su espejo.

Autor: Juan Carlos Achiary

Una tormenta de Juan Carlos Achiary

Había sido una tormenta

Desperté en la noche sin idea de la hora. Pero me sentí raro porque no había sido un despertar común, de los que tengo con frecuencia por ser bastante insomne.
Y no obstante ser un maniático por querer saber la hora a cada rato, esa vez no me preocupó ello pero sí el tener la sensación de estar alerta sin poder imaginarme el motivo.
¿Habría sido ese algo indefinible, acaso, lo que me llevó a dejar el sueño? No me atrevía a afirmarlo ni a negarlo. Era un típico estado de duda.
Pensé en las intuiciones, en los presentimientos, en las premoniciones, en lo que nos avisa con certeza algo en lo que no hemos pensado y, sin embargo, finalmente sucede. Y llegué a la conclusión de que había sido una intuición o presentimiento lo que me había despertado. Es decir, el anuncio de un ocurrir ya producido o a producirse inmediatamente o que ocurriría en tiempo cercano .
Y vino el sonido leve que interrumpió mis pensamientos. Claramente se había tratado de un bostezo producido o emitido en la otra cama. Entonces alguien me acompañaba en la habitación del hotel, a la que yo entré solo y cerré la puerta con llave sin ver a nadie. El pequeño baño que ocupé antes de acostarme también estaba vacío. Y hasta que me dormí no escuché ningún ruido que fuera aviso de otra presencia ni de posterior ingreso de nadie.
¡Qué curioso todo!
Primero, porque había entrado alguien que no podía haberlo hecho sin ser oído y, segundo, porque debiendo yo estar con miedo -y no poco- no lo tenía. Sólo sentía curiosidad con ingredientes de misterio, a pesar de que sabía que a un metro y medio mío o dos metros, había alguien cuyo no y edad yo ignoraba, como también el modo y la razón de su presencia. Y a ello se agregaba que ese alguien estaba despierto, pues no hay bostezo cuando se está durmiendo.
Si bien no sentía miedo en esa situación, debo confesar que no me atrevía a prender la luz del velador porque entonces sí pensé que iba a experimentar el miedo al descubrimiento de la verdad, a cuyas consecuencias tantas veces queremos escapar. Y esa era una de mis veces, el no animarme a saber quién y cómo era y la forma y el por qué había entrado allí.
No quería que ni siquiera me escuchara respirar con la ilusión, más que esperanza, que no supiera de mi presencia aunque tampoco sabía si antes de despertar, yo habría roncado o respirado fuertemente. Pero igual prefería evitar ruido alguno en esos momentos.
De pronto me sobresaltó un sonido suave en el piso, entre las dos camas, indefinible e incomparable. Una vez y no se repitió.
Y todo se hizo silencio hasta que pasado quién sabe cuánto tiempo, me dormí. Ello fue posible porque estaba con gran falencia de sueño, aunque igual hoy me resulta increíble haberme dormido. Pero fue así y desperté ya de día.
Naturalmente, lo primero que hice fue recorrer con la vista y no había nadie y en la otra cama ningún rastro de haber estado alguien acostado. No entendía y antes de entregarme a una investigación que, seguramente, no me conduciría a ninguna aclaración, decidí vestirme pues debía viajar y ya era hora.
Desayuné en el bar del hotel y, aunque hojeaba un diario, mi mente estaba ocupada en lo sucedido en la noche. Finalmente fui a la conserjería a pagar la cuenta para emprender el viaje.
El conserje, con quien nos conocemos mucho por mis reiteradas visitas, pues soy viajante de comercio, me preguntó:
-Señor, la Tormenta ¿lo dejó dormir?-.
No recuerdo haber sentido el resto de mi vida un cimbronazo en mi cerebro, como el que me provocó la pregunta. Ese hombre me hablaba de lo sucedido en mi habitación durante la noche. Pero si se veía la calle seca, sin restos de ninguna lluvia ¿una tormenta seca y tan silenciosa podría haberme despertado?
Advertí su gesto de sorpresa al ver el mío de perplejidad y le contesté con otra pregunta: -¿De qué tormenta me habla?-
Me explicó que no se refería a una tormenta climática, sino a una gata de la dueña del hotel que la había bautizado Tormenta y que, por faltarle esa noche, la señora no había podido dormir creyendo que la gata se había perdido o que la habrían robado.
Recién se tranquilizó cuando a la mañana la encontraron debajo de la cama, en la habitación que yo había ocupado y de la que no había podido salir porque cerré la puerta sin darle tiempo al regreso con su dueña.

Autor: Juan Carlos Achiary

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