Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa
como la hierba que bajó el rocío,
y desconocerán mi faz gloriosa
las altas cañas cuando baje al río.
Tengo vergüenza de mi boca triste
de mi voz rota y mis rodillas rudas;
ahora que me miraste y que viniste,
me encontré pobre y me palpé desnuda.
Ninguna piedra en el camino hallaste
más desnuda de luz la alborada
que esta mujer a la que levantaste,
porque oíste su canto, la mirada.
Yo callaré para que no conozcan
mi dicha los que pasan por el llano,
en el fulgor que da a mi frente tosca
y en la tremolación que hay en mi mano…
Es noche y baja a la hierba el rocío;
mírame largo y habla con ternura,
¡que ya mañana al descender al río
la que besaste llevará hermosura!
Autora: Gabriela Mistral
Lámina tendida de oro,
y en el dorado aplanamiento,
dos cuerpos como ovillos de oro;
Un cuerpo glorioso que oye
y un cuerpo glorioso que habla
en el prado en que no habla nada;
Un aliento que va al aliento
y una cara que tiembla de él,
en un prado en que nada tiembla.
Acordarse del triste tiempo
en que los dos tenían Tiempo
y de él vivían afligidos,
A la hora de clavo de oro
en que el Tiempo quedó al umbral
como los perros vagabundos…
Autor: Gabriela Mistral
Fina la medianoche.
Oigo los nudos del rosal:
la savia empuja
subiendo a la rosa.
Oigo las rayas quemadas
del tigre real:
no le dejan dormir.
Oigo la estrofa de uno,
y le crece en la noche como la duna.
Oigo a mi madre dormida con dos alientos.
(Duermo yo en ella, de cinco años)
Oigo el Ródano que baja
y que me lleva
como un padre ciego de espuma ciega.
Y después nada oigo
sino que voy cayendo
en los muros de Arlés
llenos de sol…
Autor: Gabriela Mistral