Elixires para el Alma

Ingresar

Publica tu cuento, poesía o poema.

Susurro del mármol de Emilio L. Mazariegos

Hoy el mármol tiene un nombre: Miguel Ángel.
En sus manos de artista dio expresión al bloque blanco,
sonñando con él bellezas puras, frías y silenciosas.
Golpe a golpe, cincel enmano, hizo realidad sus sueños.
Soñó con una Piedad joven y virgen, abrazada al hijo muerto,
y llenó el mármol de ternura, serenidad y compasión.
Soñó a Moisés, el profeta de Dios bajando de la montaña,
y dejó en el mármol la firmeza y grandiosidad del líder.
Soñó al joven David, con la funda en la mano,
y dejó en él energía, virilidad y belleza.
Otros sueños quedaron incompletos; sus sueños eternos
quedaron hechos rostros, manos y pies sin la figura acabada.
El már ol puro y blanco, bajo el golpe del cincel, ha susurrado:
Bendito seas, mi Señor, por los sueños de Miguel Ángel.
Bendito seas porque en mis entrañas llevaba la bella obra.
Tú le diste pulso, sensibilidad, sabiduría y acierto,
y yo entré en la historia como una maravillosa aparición.
Señor de las obras salidas, una a una, de tus manos puras,
llama al corazón del hombre y despierta su belleza oculta;
deja caer en sus manos el soplo, tu aliento de vida,
y que el hombre no se conforme con ser mármol sin identidad;
dale alma para que cincele, talle, forje ese proyecto de vida
que tú has puesto en su corazón con amor y sueños eternos.
Señor de lo bello, que el hombre aprenda a soñar y soñar,
y que crea, mi Señor, que lo que se sueña se puede realizar.

Autor: Emilio L. Mazariegos

Susurro de una gallina de Emilio L. Mazariegos

A llegado el verano y trae en su rostro los calores.
Y calor siente la gallina clueca, que busca un nido
donde empollar los huevos que ella no ha puesto.
Tiene hambre y sed de ser fecunda, de tornarse madre.
En una cesta de mimbre vieja, la gallina clueca
ha acogido, bajo el calor de sus alas y plumaje,
doce huevos blancos y puros y ha irradiado sobre ellos su calor.
Horas y horas, la gallina clueca permanece inmóvil.
Y pasan las noches con sus lunas y los días con sus soles.
Y se estremece ante el trueno seco y el relámpago inesperado.
Un buen día, al amanecer, rompiendo la cáscara con decisión,
saltan a la vida los pollitos, amarillos y tiernos.
Casi tiemblan de emoción y apenas se mantienen en pie.
Con su “pío-pío” claman la protección y ternura de su madre.
La gallina clueca, orgullosa, con sus plumas negras,
con su “clo-clo”, llama a los pollitos y abre sus alas.
Bajo sus plumas encuentran su casa y se sienten felices.
La gallina de plumas negras, la de los pollitos, ha susurrado:
Gracias, Diosito lindo, porque los pollitos son míos.
Los he hecho saltar a la vida con el calor que tú me diste,
y ellos se sienten dichosos al amparo de su madres.
Diosito lindo, abre las alas del corazón de los hombres
a la acogida, al don sin distinción de razas ni colores.
Que los hombres, Diosito, sientan que el amor crea unidad
y que hay más alegría en dar que en recibir.
Abre tus alas de padre y guárdanos juntos en tu corazón.
Autor: Emilio L. Mazariegos

Susurro del cóndor de Emilio L. Mazariegos

Su vuelo, más allá de la cordillera andina,
es un desafío que corta con sus plumas el viento.
Su vuelo, cuando abre sus alas en cruz, en lo alto,
es un reto a la superación, a lo imposible.
El cóndor pasa y sus alas son flechas afiladas;
el cóndor sube y se emborracha, cara a la luz, de libertad;
el cóndor se deja llevar en el ritmo de los vientos
y se abre al sol que lo deslumbra, seduce y fascina.
Cuando el cóndor pasa deja un susurro que toca:
Quiero ser, hermanos míos, el ángel bueno y fiel,
compañero del hombre en peregrinación a la cumbre.
Hermano mío, no te dejes envolver por la sombra.
Siempre, detrás de la nube densa brilla el sol.
Desde abajo, desde una vida sumergida en las cosas,
los ojos del corazón se vuelven ciegos a la luz.
Levanta tu vuelo y mira, ojos en los ojos, al sol.
Los problemas, hermano mío, están en la mente y el corazón.
Cuando te llegue la prueba o te arañe la crisis,
cuando te sepa amargo el trago seco del dolor,
cuando tú mismo seas el problema para ti…
abre tus alas -mente y corazón- y sube, sube con pasión.
No mires tu problema -tu gigantesca cordillera andina-,
y pon tus ojos en esa roca segura que es nuestro Dios.
Cuando lo miras, tu problema se empequeñece y, entonces,
eres dueño de todo lo que sobrevuelas a las alas de Dios.
¿No crees, hermano, que Dios es más grande que tu corazón?
Autor: Emilio L. Mazariegos

Susurro de la luna de Emilio L. Mazariegos

Hace frío y es de noche, noche de luna.
Es la hora de la soledad y del silencio entrañables.
Es la hora de perderlo todo y quedarse con lo esencial:
el canto de un búho, el ladrido de un perro, lo íntimo.
Abro la ventana de mi cuarto y me asomo a la noche.
Levanto mis ojos al azul y cuento estrellas.
Una luna llena, hermosa y serena
tiene un beso de Dios en su frente.
Me baña con su luz de nácar, con su luz lechosa,
y veo en ella un embrujo de sueños y un mar de ilusiones.
Amo a la luna y me encanta mirarla a los ojos.
Su luz tenue no hace daño, filtra los rayos del sol.
Amo a la luna, señora y reina soberana de la noche,
y disfruto al ver las cosas en su papel suave de celofán.
Esta noche calmada he sentido el susurro de la luna:
Hermano mío, ¿por qué vives agitado y tenso?
Te veo perdido y solo, lejano y distante… no te veo.
¿Acaso ya no cuentas las estrellas de tu camino?
Abre los ojos, hermano, los ojos de tu corazón ciego
y déjate empapar por la luz suave de Dios.
Tal vez, hermano, antes de llegar a encontrarte con el sol
necesitas de mi luz para que no te duelan los ojos.
Entra en tu noche, hermano; has perdido la luz de la fe
y te has perdido en cosas que te amarran y esclavizan.
Mírate al corazón y te asombrarás y fascinarás
de ese Dios escondido que nos habita y engrandece.
Autor: Emilio L. Mazariegos

 

Susurro del acantilado de Emilio L. Mazariegos

A pie descalzo he dejado mis huellas en la playa.
Corazón de niño, he levantado castillos con la arena
y dejado que las olas suaves y tenaces
muriesen a mis pies y me fuesen hundiendo,
llevando en sus alas la arena frágil que pisaba.
He sentido, por el golpe, por el beso de las olas,
lo frágil e inseguro de mi apoyo;
he probado la vida que no encuentra firmeza en la arena;
y, luego, he buscado la cima del soberbio acantilado
arañado, surcado, agrietado, por las olas sobre su piel.
Ellas lo cubren, orgullosas y, luego, se dejan caer placenteras.
Sobre la roca firme he sentido mi vida levantada en alto
y, arraigada, ubicada, sin miedo a ser abatida
El acantilado, como un centinela en la noche, ha susurrado:
Alabado seas, mi Señor, por el murmullo de las olas
y por su soplo y aliento escondido en sus venas.
Alabado seas por las gaviotas, blancas y libres,
que surcan tus mares y se cobijan en mis entrañas.
Abro mi corazón, firme y seguro, puesto en pie,
y clamo sin cesar por los hombres de la Tierra.
Sé tú, Dios de los soles, los mares y los vientos,
tu fortaleza, la roca segura en que se apoyen.
No dejes, Dios nuestro, que su frágil barca a la deriva
sea juguete de la tempestad y se pierda en la densa niebla.
Oh Dios, que los hombres no se apoyen en su pobre arena,
que busquen seguridad en ti, roca firme, centinel fiel.
Autor: Emilio L. Mazariegos

Susurro de la azucena de Emilio L. Mazariegos

La vida es bella cuando el corazón es limpio
y amanece la alegría en el corazón sincero.
Lleva el corazón en sus alas hambre y sed de vuelo
y tiende a las cosas de arriba donde habita la luz.
Junto al pantano, muerto en sus aguas estancadas,
una flor única, esbelta y blanca ha nacido.
¿Quién la plantó en aquel lugar donde la vida huyó?
Siento la mano de Dios dándole belleza.
Es hermosa la azucena engalanada de blanco y puro;
hermosa en el perfume que la brisa le arranca.
¿Cómo es posible tanta hermosura en medio de tanto fango?
Desde el fondo de su cáliz puro, susurró la azucena:
Gracias, Diosito lindo, por tu pureza dejada en mi piel.
Gracias por los aromas mil en que me bañaste.
Gracias por la armonía de mi cuerpo frágil.
Gracias por las gotas de rocío con que me besan cada mañana.
Diosito lindo, quisiera ser azucena en cada corazón
de hombre que dejó su camino y vive sedentario.
Quisiera dar a su vida el buen olor que tú me diste
y alegrar su corazón manchado y sin brillo.
¿Por qué los hombres, Diosito, dejan sus huellas en el pantano?
¿Por qué no buscan en las aguas puras que corren
la libertad que han perdido en el lodo y el fango?
Diosito lindo, toma la pureza de mis pétalos blancos
y el aroma de mi cáliz y seduce sus vidas cansadas.
Todo es posible contigo,
hasta nacer una azucena en el pantano.
Autor: Emilio L. Mazariegos

Susurro de un trigal de Emilio L. Mazariegos

Abierta en largos surcos mi tierra de campos,
espera la mano generosa del labrador.
Con las primeras lluvias, vientos y soles,
mi tierra infinita se ha engalanado de verde.
El frío, la escarcha y la nieve del crudo invierno
la hicieron crecer hacia dentro, en busca de raíces.
Mucho pan creció en esas noches heladas,
y mucha esperanza gritaron los trigos cada amanecer.
La primavera los llamó a salir de sus miedos,
y las aguas mil y los soles puros y suaves
pusieron en pie los campos como un mar sin olas.
Después, el verano ardiente y apasionado en sus besos,
doró sus mieses y los vientos del atardecer
jugaron con sus espigas como un mar ondulado.
La esperanza del labrador se convirtió en flor.
¡Pronto el grano de oro llenaría sus trojes!
Una tarde, cuando las nubes amenazaban como tormenta
y los truenos y relámpagos desasosegaban al labrador,
las mieses, mecidas por una brisa suave, susurraron:
Dios de los campos, del pan de cada día,
tú que eres bueno y das sin esperar recompensa,
abre tus manos sobre nosotras, mieses doradas por tus soles,
y cobíjanos como un gran paraguas abierto de par en par.
El labrador puso su esfuerzo y sudor, Diosito lindo.
Ahora tú, que nos das crecimiento y lozanía,
cuida esta obra tuya y permite que lleguemos a la meta:
déjanos triturar en el molino y da a tus hijos el pan de cada día.

Autor: Emilio L. Mazariegos

Susurro de un gorrioncillo de Emilio L. Mazariegos

Mi nido está debajo de la teja de un alero.

Unas pajas, unas plumas, tantas cosas perdidas

son mi cobijo. No sé cantar; apenas piar,

pero soy feliz y me gusta el sol radiante

y la lluvia cuando cae suave y despacito.

 

Me duele el frío en las noches de invierno,

y me resguardo cuando sopla el viento.

Vivo en el alero de un tejado viejo y tosco.

En la escuela de un pueblo; de mi pueblo.

Nací allí y vivo junto al mundo de los niños.

Cada mañana los espero; me alegran la vida.

Y, casi, casi, soy uno más entre ellos.

 

Le digo a mi Diosito lindo, por las noches:

Gracias por tu lluvia que mandas para todos;

gracias por tu sol limpio y claro en sus rayos.

Gracias porque vistes los lirios del campo

con hermosura, elegancia y sin costarles dinero.

Gracias, Diosito lindo, porque yo no tengo trigales

ni milpa ni campos ni, bien lo sabes, graneros.

 

Y Tú me cuidas, Diosito lindo, con la ternura de una madre.

Y, sin saberlo, los niños, al salir al recreo,

dejan sus migajas, que saben a pan sabroso,

esparcidas por aquí y por allá, en el suelo.

 

Diosito lindo, que no falten nunca los niños,

porque si ellos no juegan yo también pierdo mi lindo juego.

Autor: Emilio L. Mazariegos

Susurro de un tronco viejo de Emilio L. Mazariegos

Cansado y solo estoy a la vera del camino,
quemado por un rayo, en aquella tarde de tormenta.
Y era hermoso mi árbol, que ya no es mío.

Cuando llegaba la primavera y las primeras lluvias,
me revestía de hojas verdes, puras y suaves,
y de flores blancas perfumadas de azahar.

Mis frutos fueron arrancados uno a uno, año tras año,
y me di sin reservas. Me di hasta dolerme y quedar solo.

Con mi sombra di descanso al peregrino
y abaniqué con mis ramas su cansancio y sudor.
Luego, me hicieron ,leña; cayó sobre mí la dura hacha.
He prendido lumbres en casas y he dado luz y calor.

Pero ahora, me dejaron, aquí, solo y viejo,
tirado en tierra olvidado como algo que ya no sirve.
Los vientos, las lluvias y los rayos del sol me acompañan.
De vez en cuando, hermano mío, siento que alguien
busca descanso en mi viejo tronco sin vida,
y siento como que renace en mí una flor.

¡Aún sirvo para algo, aún doy algo de mis venas secas!

El caminante se va sin decirme “gracias”,
y me quedo otra vez solo y a la espera de alguien.
Pero escucho el susurro de un soplo suave.

Es mi Diosito lindo; me dice: “Ánimo, mi viejo árbol,
no estás solo. Tus hojas, tus flores, tus frutos,
los guardo con cariño en el hueco de mis manos”.

Autor: Emilio L. Mazariegos

Susurro del fuego de Emilio Mazariegos

Aquí estoy, hecho llama que da luz y calor.
Soy hermano del viento y me lleva en sus alas,
soy hermano de la lluvia y me besa y apaga,
soy hermano de la tierra y en ella prendo.

Soy hermano de la noche como antorcha encendida,
soy hermano del hombre en camino, solo y perdido,
que se refugia en mis llamas y duerme a mi sombra,
soy hermano del hombre y estoy en cada hogar.

Bendito sea mi Dios, el Dios de fuego ardiente,
por la fuerza, la vitalidad, la energía que me dio.
Bendito sea mi Dios, el Dios de la luz y la vida,
por mi capacidad de convocar, de iluminar.

Bendito sea mi Dios porque en mis llamas
destruyo lo viejo, hago cenizas de lo inútil.
Bendito sea mi Dios porque en mis llamas vivas
transformo, purifico, separo la escoria del oro.

Bendito sea mi Dios, pues por mis manos poderosas
pasan las cosas, y de ellas fungen nuevas.

No quiero estar en manos, que destruyen la vida.
No quiero destruir la belleza del bosque.
Mi Creador me envió para dar vida y no muerte.

En el susurro de mis llamas cuando arden, escucha:
“Hermano hombre, prende un fuego de amor en tu corazón
y calienta al que tiene frío y da luz al ciego.
¿Tienes miedo a amar? El amor es llama viva”.

Autor: Emilio L. Mazariegos